Otro de los rollos de los recién llegados son los chequeos médicos, que por lo general, tu familiar te lleva pero no puede quedarse. Aunque en mi caso mi cuñado podría quedarse que es otro más que no habla ni entiende español.
No describo la clínica por temor de que alguien en la Isla, quiera que yo haga comparaciones, y lo cierto que allá, no hay punto de referencias.
Nos dio la bienvenida una señora agradable, que cuando nos dio las primeras palabras y vio que nos sonreímos y dijimos que si con la cabeza nos dijo: ¨un momento¨. Dos minutos después llegó con una traductora quién nos dio los primeros detalles.
La inmigración esta creciente, es por eso que la traductora tuvo que atender a varias familias, y fue cuando me cambiaron el nombre.
Empecé a notar que no me llamaban, y por absurdo que parezca la gente que llegaban después que yo, entraban, luego de que la enfermera llamara a un tal ¨Aisac¨. Pensé que era alguien que había ido al baño, llegué a hacer señas a la enfermera a un viejito que dormía plácidamente a unas butacas de mi, y llegué a vociferar en la sala de al lado ¡Aisac! ¡Aisac!. Pero fue en vano.
La traductora volvió, y turbada me dijo: ¿Aun no lo llaman? No lo puedo creer.
Al instante volvió con una sonrisa, ¿No es Usted Aisac? No, mi nombre es Isaac, respondí seguro. Dos palmaditas en la espalda me dio la señora y me dijo, me temo que en Norteamérica, nadie te va a llamar Isaac, acá tu nombre es Aisac.
¡Wowwww! Hasta los latinos a veces me dicen Aisac. Realmente, ya me he adaptado, pero recuerdo este día, como el día en que dejé de llamarme Isaac.
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